Un día encuentras a esa persona que te completa y... te enamoras.
Se te llena la boca al hablar de él, te saltan las lágrimas, te vuelca el corazón de golpe.
Lo más tonto te recuerda a su sonrisa, a sus lágrimas, a su forma de ser, a sus tonterías.
A su camiseta que siempre se pone los viernes, a su cara en las fotos, a sus manías,
a la forma de ser que tanto te gusta y que sabes que no vas a encontrar en ningún otro.
Y un día sueñas que lo pierdes y lloras. Y despiertas, y sigue ahí.
No físicamente pero en tu móvil vibra un mensaje que tiene su nombre, una llamada, un toque.
Y la esperanza y la ansia y el deseo que un día estará ahí de verdad, algún día, aunque falten muchos años.
Pero estará y lo verás dormir y lo despertarás con cosquillas, o no estará pero en la cocina te espera el mejor desayuno de tu vida.
Y sólo por eso aguantarías un vendaval y mil tormentas y todos los gritos y desprecios que hiciesen falta.
Solo por verlo ahí día tras día dedicándote sus horas, su tiempo, su vida.
Dándolo todo por ti.
Dándolo todo por él.
Dando lo más importante para tu que son tus días, tus sonrisas.
Y todo porque un día se sentó a tu lado, quiso alegrarte la noche. Sólo porque perdió un poco la cabeza un día.
Que la mayor gilipollez del mundo te puede cambiar la vida, aunque no lo creas.
Que tres palabras son suficientes para robarle el corazón a alguien.
Y, si de verdad le importas, te dedicará muchas más.
Y te das cuenta que todo lo demás no merece la pena, pierde todo el sentido.
Ya no hay peleas, ni días malos, ni lágrimas nunca más.
Porque él las seca, él te sonríe, te hace una de esas tonterías que hacen todos pero que a ti te parecen especiales y consigue sin siquiera imaginárselo que le quieras más.
Cada día más.
Cada día un poco más hasta que despiertas a su lado y piensas que nunca te podrías enamorar más de nadie.
Que nadie jamás se podría enamorar más de nadie que tú de él.
Y descubres que sí.
Que nunca dejarás de quererlo cada vez más.
Que no habrá nadie que cubra su lugar nunca si un día falta.
Y empiezas a imaginar que falta, de verdad.
Que un día desaparece, se va. Quizá con otra.
Y te come la rabia, te come el miedo, te come el insomnio y las ganas de llorar.
Te mata, te asfixia, no puedes respirar.
Te ahogas en un mar oscuro y no encuentras salida a ese laberinto.
Porque sabes que si un día te falta se acabó la luz que te guía.
Se acabó cualquier luz y otra vez vivir a tientas y a tropezar.
Se acabó la felicidad y todo.
Y entonces te devuelve a la realidad con esa sonrisa que sólo él tiene y a la que aunque le faltasen los dientes a ti te seguiría pareciendo igual de preciosa.
Y le respondes con un beso.
Y te dice que le quiere.
Y otra vez te das cuenta de que nunca nadie se podría enamorar de nadie más que tú de él.
Y con toro beso vuelves a rectificar.
Imagínate así todas las mañanas de tu vida.
La vida deja de ser tan perra y tan puta, ¿cierto?
La vida se tiñe de colores de nuevo y quieres vivirla hasta el final.
Y todo esto lo consigues siendo como eres, sin prentenderlo.
Simplemente por como eres.
Gracias por hacerme sentir así, Saúl.
Si no sabes aún lo que vales tengo toda la vida para hacértelo ver.
TE QUIERO.
