Vivía en un caos. No seguía el ritmo de los demás, demasiado ruido. Cuando tropezaba, nadie la ayudaba a levantarse. Por cada lágrima, cero sonrisas. A ella solo se acercaban pequeños astros sin importancia, soles de plástico, que sólo buscaban calentar debajo del ombligo. Pero ella siempre caía en sus juegos, confiaba en sus pséudosonrisas llenas de deseo. Se abandonaba a ellos y ellos la abandonaban. Poco a poco, dejaron de cobrar sentido los besos. Los ‘te quieros’ se deshacían con tocarlos. Es lo que tiene el humo, existe dos segundos y luego se alza al cielo y como si nunca hubiese existido.
Y ella quería ser como el humo. No quería existir si sus días eran dolorosos, llenos de mentirosos intentando llevársela a la cama, y por la noche nada ni nadie con quien valiese la pena soñar.
El tiempo le hizo dejar de preocuparse por aquellos soles de petróleo que calentaban mal. Empezó odiando su perfume, a tabaco, a quemado, a desesperanza y falsedad. Acabó dándose cuenta que no era más que un cigarro más en su cajetilla. Los consumían en sus labios secos, de papel. Los agotaban, desesperados, buscando en ellos algo que no encontraban en su interior, buscando sentirse mejor. Y una vez acabados, no encontraban sino más soledad y vacío. Los tiraban al suelo, los pisoteaban. Los apagaban.
No quería sentirse un cigarro más, se consideraba una persona. Una persona imperfecta como otras personas. Se alejó de aquellos seres crueles que lejos de ser imperfectos eran desechos que por no querer, no se querían ni a sí mismos. Al fin y al cabo, no eran más que una pérdida de tiempo y lágrimas.
Así, mientras vagabundeaba buscando un lugar alejado de aquellos imbéciles, su fuego se hacía cada vez más débil. Los superficiales astros no buscan flores marchitas, así que dejaron de fijarse en ella al pasar a su lado. No comentaban el sensual tono de sus labios, pues se había apagado. Su pelo estaba enredado y sus ojos habían perdido el brillo. Aquello sólo fue un palo más a su autoestima ya deshecha. Otro más, qué importa, pensaba.
Que no te quieran no es ningún consuelo a que te quieran mal, creedme.
Pero siguió avanzando y, al fin, encontró el lugar perfecto. El centro de aquel huracán, donde nunca ocurre nada. Esperaba, aunque no albergaba casi esperanzas, que algún día alguien la sacase de allí. Pero nadie sabía de su escondite. A nadie le comentó a dónde iba, nadie le preguntó. Y aunque lo supiesen, aunque se hubieran interesado por pena o curiosidad… ¿a quién le importaba lo suficiente para ir a buscarla? No tenía esperanzas. Bueno, tenía, porque nunca dejan de tenerse. Pero eran las mínimas.
Echó raíces en su centro, donde al menos el ambiente era puro y el humo no contaminaba sus pulmones. Su corazón oxidado y cansado de preguntas y ‘te quieros’ de humo se calmó. Allí no había cuestiones, al igual que no había problemas. Allí no había nada, ni nadie, excepto ella. Ella, viendo las horas pasar, mientras el tiempo permanecía parado.
No sabía si fueron horas, o días, o años. No amanecía en aquel universo donde no soplaba el viento, privado de luz. Sentada, esperando siempre algo que sabía que nunca llegaría. Pero le daba miedo volver al mundo real sola, donde volverían a jugar con ella, volverían a hacerle daño. La única luz que había conocido la irradiaban soles de plástico que sólo ardían de cintura para abajo. Para eso prefería la oscuridad de su escondite.
Mientras, su corazón se moría de frío.
El silencio la incitó a pensar, a darle vueltas a lo vivido en aquel caos que ahora miraba desde lejos, sin dejar que le afectase. Le gustaría pensar que le dolía que nunca nadie hubiera sentido nada por ella, o que ella nunca había sentido tampoco nada por nadie, pero no estaba dolida. Ya no. Y tampoco recordó haberlo estado. Tampoco estaba triste. Pensándolo, ni siquiera estaba, ya no. Había desaparecido y no dejaba que nadie la viese, ni soles, ni lunas, ni estrellas. Pensó que quizá aquello no era lo normal, pero no le preocupaba. No era la única razón por la que sentirse incomprendida. Al fin y al cabo, estaba allí, y sola, ¿no? ¿Qué hay más incomprensible?
Su corazón cada vez tenía más frío, y pronto se dio cuenta que era era la razón por la cual no sentía. Cada vez recordaba más lejanos los sentimientos.
Cayó enferma, intoxicada por el no sentir. No hay médicos que entiendan de eso, no los convencionales. Quizá algún que otro psiquiatra, pero ella no quería psiquiatras. No le hacía falta que le dijesen algo que ya sabía. Estaba loca, vale. ¿Qué solucionaba saberlo?
Notaba sus pulmones rechazar el aire que aspiraba, su corazón estaba tan helado que la sangre se negaba siquiera a acercarse a él. Se moría, y lo sabía. Pero no lo sentía. No estaba triste. No sentía nada.
Se estaba muriendo poco a poco y no tenía fuerzas ni ganas de evitarlo.
Y, de pronto, una luz.
Se le antojó demasiado lejana, pero estaba junto a ella. Era una luz tan débil que no la había visto antes, pero llevaba días acercándose. Pensó que estaba muerta, y casi lo sintió como un consuelo. Pero no era así. Era una persona.
Las almas brillan, ¿sabéis? Sólo algunos humanos se dan cuenta. Hay personas sin alma, porque nacen sin ella, porque la pierden. O porque se les apaga. El alma es lo que sentimos, lo que no tiene explicación. Lo que en teoría no nos haría falta para estar vivos, pues tenemos un cuerpo que se las apañaría bien sin ella, pero sin embargo, ahí está. Repleta de luz y emociones. Casi siempre.
El alma de ambos estaba en las últimas, por eso su intensidad. Pero él, a diferencia de ella, aún no había perdido la esperanza. Había seguido andando, sin permitirse parar a descansar. Y al fin había encontrado lo que buscaba. Su luz brilló un poco más, hasta despertarla. La ayudó a ponerse en pie.
Se miraron el uno al otro, con cuidado, intentando olvidar lo vivido. Ambos sabían que si pensaban, si se hacían preguntas, saldrían corriendo a esconderse de nuevo, a esconderse en la triste soledad. Pero estaban cansados de vivir ocultos a la realidad. Él estaba convencido que no todas las lunas eran lunas de plástico maquilladas, tenía esperanzas de encontrar una de verdad, una que sangrase si le hacían daño, una a la que curar y cuidar.
La luna que tenía enfrente estaba tan llena de cicatrices que casi no podía contener las lágrimas. Al verle, su luz plata se iluminó un poquito. Un poquito más, cada segundo, quiero decir. Volvía a sentir.
Lo miró a los ojos, buscando aquello de lo que carecían el resto de seres que había conocido. Y lo encontró. Sus ojos castaños brillaban, como su alma. Tenía algo dentro, algo grande, increíblemente grande y cálido. No era una maldita cáscara vacía. No aparentaba ser algo que no era. Volvieron las esperanzas.
Se acercaron más, y él notó el frío de su corazón. La abrazó, y ella se dejó, sintiéndose extrañamente bien. Extrañamente feliz.
Nunca la habían abrazado.
Dejó que su cuerpo la rodease y calentase su pobre corazón helado. Le devolvió el abrazo, con lágrimas en los ojos. Le besó en los labios, lloró en su hombro. Notó mil sensaciones distintas nacer en su interior, cosas que nunca había sentido. Un nuevo huracán, pero que no la descolocaba y confundía. Un huracán de sentimientos alegres, de ganas de saltar y gritar. De libertad, de felicidad.
Supo que él la entendía, incluso sin palabras. Le secó las lágrimas, la cogió de la mano.
La condujo lejos de aquel lugar frío y triste, sin soltarla ni un momento. Su mano no quemaba, no buscaba quitarle la ropa. Se sintió infinitamente feliz por el simple hecho de tenerlo al lado, y de que se preocupase de sacarle de aquel infierno. No se había dado cuenta hasta ese momento de lo horrible que resultaba haber pasado tanto tiempo allí, sin moverse. Sin inmutarse.
Sin haberlo conocido antes.
Aunque hubiese merecido la pena la espera.
Siguió avanzando, hasta ver aquel caos frente a ella. De nuevo, tuvo miedo. Dejó de avanzar y soltó su mano. ¿Y si solo se camuflaba bajo una falsa apariencia, pero buscaba lo mismo que los demás? Lo miró a los ojos. Podía ser, podía engañarla. Podía desaparecer después de haberla cautivado. Hay tantas personas crueles, que adoran herir a los demás... Pero sentía que él era diferente, que era de verdad. Quería sentirlo. Su calor no quemaba y sus labios eran suaves. Sus ojos brillaban.
Decidió arriesgarse, a pesar de saber que si volvía a caer no podría levantarse. Él le prometió sin palabras que nada malo iba a pasarle, sólo con un beso. Cogió su mano, cerró los ojos. Notó como volvía el olor a humo, petróleo y alcohol, el ruido, la gente… Pero cuando volvió a abrirlos, todo estaba en orden. Él hacía que todo estuviese en orden.
De pronto, todo tenía sentido.
Volvía a sentir, pero esta vez lo agradecía. Sentía ganas de saltar, de reír, de abrazar al luminoso ser que se había recuperado con ella, en el que se había apoyado, que había calentado su corazón a la vez que calentaba el suyo.
Sintió que, a partir de entonces, ya no podría vivir sin él. Y se lo dijo.
Y él sonrió.
Sólo eso, sólo sonrió.
Pero te prometo que no hizo falta nada más, que nunca nada me he sentido mejor que ese gesto. Puedo jurar que nunca he vuelto a ver nada tan bonito como su sonrisa.
Hace mucho tiempo que escribí esto. Concretamente, el 20 o el 21 de noviembre. Antes de que ocurriese todo esto. Tenía ganas de que lo leyeses. Te amo.

