Seguí caminando, sin esperanza de llegar a ninguna parte. Sólo por no quedarme parada, por no tirar la toalla. Para que no pudiesen decirme que no lo intenté con todas mis fuerzas. Pero poco a poco me abandonaban, y temía el día en el que no pudiese más, y cayese en el pavimento frío y duro. Sabía que en el momento que lo hiciese, no volvería a levantarme. Que alguien vendría y me vería allí tirada, y quién sabe qué haría con mi cuerpo inerte. Hay tanto loco en este mundo.
Así que simplemente seguía adelante, sin rumbo, sin luz guía. A veces cerraba los ojos porque así era más fácil. No me preguntaba siquiera a mí misma dónde esperaba llegar. No me hacía preguntas porque sabía que la búsqueda de la respuesta me cansarían mucho más que los pasos. Y no quería parar, había algo de mí que me decía que no debía, aunque mi alma sangrase de soledad más que mis pies por las heridas.
Y la pregunta que ahora me hago es: ¿Valió la pena?
Bueno, miento. No me la hago.
Sería absurdo, es demasiado obvio.
Un día, dejé de caminar. Me choqué con algo, sin querer. Como siempre, andaba con los ojos cerrados, así que no pude prever el obstáculo que ante mí se alzaba. Cuando los abrí, lo tenía tan cerca, que no pude reaccionar. Primero, su sonrisa. Preciosa, perfecta, cálida. Su pelo rizado. Sus ojos marrones. Su olor a no sé qué, a bienestar, a seguridad, a tabaco. Su calor. Por último, la chica que lo acompañaba cogiéndole de la mano.
Valió la pena, y tanto que valió la pena. Aunque hubiese preferido con una goma de borrar eliminarla a ella, y ocupar el lugar a su lado, para caminar abrazados. Para que su olor se quedase en mi ropa, para dibujar su sonrisa y pegarla en la pared de mi cuarta, y besarla cada vez que me levanto.
Empecé a darle vueltas a la cabeza, no por dudas, ni por miedo. No tenía posibilidad y lo sabía, pero así lo tenía más tiempo dentro de mí. Cierto es que prefería tenerlo enfrente pero no había otra. Necesitaba volverlo a ver, necesitaba esa sonrisa de nuevo.
Y el resto de la historia ya os la sabéis, ¿cierto?
Lo tenía en la cabeza y ahora está a mi lado. Bueno, no ahora, metafóricamente, claro. Y lo va a estar siempre, si es que quiere.
Valió la pena, ya lo creo.
Ahora ya no camino sola y, cuando uno de los dos se para, el otro tira de él.
Es perfecto.
Y yo, a su lado, también me lo siento.
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