11.4.12

Es increíble el poder de una mujer.

Si la ves y no te mira se apaga el Sol y las estrellas y ya no hay nada que pueda guiarte excepto la luz de sus bonitos ojos. Si te dice que vayas, vas, claro; y si no, te quedas en la cama dándole vueltas a todo lo que has pasado con ella, y lo que te gustaría pasar. Porque ya no sabes si los sueños son reales o la realidad una mentira. Porque por ella darías la vida y ella no es capaz siquiera de darte los buenos días cuando te ve de vez en cuando por las mañanas; una corta mirada y se marcha meneando ese culo que matarías por volver a acariciar. Y mientras tú te hundes, ella vuela a los brazos de otro hombre, y estás convencido que él no la quiere como tú, que no la mirará jamás como tú, que jamás sabrá cómo acariciarla. Que es un gilipollas. Y no comprendes lo que has hecho mal, aunque te matan las dudas por lo que deberías haber hecho. Se apaga la luz cada vez más, las palabras se vuelven torpes y ella no te escucha. "No me escucha", piensas y piensas y piensas cada vez que le hablas, y tus palabras son humo sin significado. En el fondo sabes que así es mejor, porque son tonterías, porque ya la batalla esta perdida y solo luchas por un poco de su atención. También sabes que está cansada. De ti, claro.
Eres un crío, te dice, y a ti te duele como un puñal porque sabes que es verdad, y que habrá otro, alto y fuerte, aunque no demasiado guapo, pero sí lo suficiente para que jamás le hayan importado ni una sola de las gilipolleces que a ti te encantaban de ella. Sólo la besa, la pasea y se la folla. Y le dice que la quiere aunque sea todo falso. Pero eso es madurar y es lo que ella quiere.
Se acabó volar con bajo las sábanas, recorrer su cuerpo a besos y soñar, soñar, soñar por las noches y por el día con verla, para al verla ves dejarlo todo y olvidar que existe algo más que sus ojos brillantes. Unos ojos que ya solo te miran con indiferencia, cuando te miran. Perderla dejó de ser pesadilla para y fue realidad.
Se fue y se llevó con ella el sueño, y te dejó nada más que noches de insomnio y la soledad de una ciudad que se te hace enorme estando solo, pero que resulta demasiado pequeña a la hora de encontrársela vistiendo esa sonrisa que ya jamás va a llevar tu nombre.
Deja de pensar en ella, te dices, porque te notas hundido y triste y aunque ya no llores, por dentro notas a tu corazón sangrar. Ella te había alzado hasta las nubes y, cuando menos te lo esperabas, te había echado de una patada. Y el golpe fue tan brutal que te rompes más de una costilla, más de dos, más de cinco. Y aún se rompen todos tus huesos cuando la ves pasear con otro del brazo. Piensas en destriparle, destruírle, asfixiarlo hasta no oírlo respirar nunca más.. ¿y qué es lo que haces? Llorar. Llorar, llorar y llorar bajo las mantas de tu solitaria cama que aún te parece que huele a ella aunque hace meses que no la ha rozado. Cuánto la echas de menos. Nunca volverá a salir el sol. Toda tu vida era ella, una diosa que no reconociste nunca como tal y a la que nunca rezaste. Hasta ahora.
Porque ahora te das cuenta de que comparadas con ella, todas son algo vacío, triste y gris. Y su sonrisa era la más radiante. Y sus ojos los más brillantes. Y sus labios.. ay sus labios..
¿Y qué hacer para recuperarla?, ¿y si ya no puedo recuperarla? Intentas convencerte de que ha perdido la oportunidad de su vida pero sabes que el único que ha perdido algo que de verdad importa eres tú. Y no puedes perdonarte por haber sido tan estúpido. Y te odias a ti mismo hasta no poder ni mirarte en el espejo. Y la vida pasa...
Y tú esperando el momento en el que algo cambie.
Sin atreverte a echarle de verdad cojones para cambiarlo.