5.10.10

Minä rakastan sinua, Giorgio.


A veces te echo tanto de menos que no sé cómo puedo seguir adelante sin ti, cómo soy capaz de levantarme cada mañana y aguantar el ritmo de esta ciudad sucia y gris sin ayuda de tus ojos vivos y tu sonrisa radiante para darme ánimos. Otras sin embargo, pienso todo lo contrario. ¿Cómo es posible que siga pensando en ti, cuando nos separan miles de kilómetros? ¿Cómo es posible que, después de tres meses siga recordando tu forma de hablar, tu acento, tu cara? ¿Cómo puedo echarte tantísimo de menos? Es casi imposible...

Y sé que debería olvidarte, y de hecho a veces lo consigo. Este ambiente cargado y muerto, las caras de sueño, el acento dejado y sin emoción al que estoy acostumbrada, y sobretodo las miradas tristes, consiguen lapidar la perfecta armonía en la que me encontraba a tu lado. Tu cara siempre sonriente. Tu acento italiano. Tu jodidamente perfecta sonrisa. Pero por la noche, por mucho que lo intente, vuelven a mi cabeza todos esos recuerdos, las pocas noches que pasé contigo, las miradas, los momentos que nunca querré olvidar. Y joder, gracias Dios por hacerme recordarlo.

Porque podré hablar de muchos ahora, muchos me harán feliz y yo haré lo posible por corresponderles. Pero sé que en cuanto se me presente la oportunidad correré a tus brazos. Como una kamikaze. Por favor, no me permitas verte de nuevo a no ser que sea para siempre. No podré sobrellevar otra despedida. No si eres tú el que se va.

Ahora que me faltas sé que no quiero que me faltes nunca.

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