2.3.11

Díficil quererte cuando estás tan lejos.


Estoy escribiendo esto sentada sobre la arena, mirando el horizonte. Mi cabeza está llena de preguntas sin respuesta. Preguntas que tú no quieres responder, o que quizá no puedas. Preguntas estúpidas.
¿Algún día me quisiste?
La brisa del mar mojando mis pies, tan fría como tu mirada.
Supongo que no, que para ti no fui más que un buen rato. Quizá ni siquiera tan bueno. Nunca me gustó esa costumbre tuya. Ya sabes, la de jugar con las personas. Ahora que la siento en mis huesos me gusta todavía menos.
¿He dicho que mi cabeza estaba llena de preguntas? Miento. En mi cabeza hay muchas cosas más, abriéndose paso entre aquellas cuestiones absurdas que nunca responderás. Allí se esconden las dudas, la decepción, el miedo, la rabia… y ese sentimiento que es una mezcla de todos ellos, el más insoportable. El que está al fondo de todos los demás, escondido y oculto. El que me odiaba por seguir sintiendo. El amor.
Un suspiro entrecortado, y una lágrima que cae, como tantas otras habrían caído, sobre la arena. Sin pena ni gloria. Sin que a nadie le importe. Sin ninguna distinción entre todas las anteriores. Como yo para él, sólo una más. Y una ola de mar que impasible se la lleva.
Al igual que tú has decidido acabar con todo esto, como si no pasara nada. Ahora tú estarás en el cine viendo cualquier tontería, o quedando con cualquier chica preciosa que te haga sonreír, o patinando por el parque, o limpiando el coche de tu padre. Yo qué sé, en realidad no importa lo que estés haciendo, eres feliz y punto, sin pensar siquiera lo que has causado. O quizá sabiéndolo y disfrutándolo, quién sabe.
Yo, desde luego, he dejado de saber.
Una gaviota zambulléndose en el mar, en busca de comida. Barcos meciéndose con las olas. La calma.
Un suspiro.
De pronto, todo cesó. Todos las dudas, todas las preguntas. La última lágrima resbaló hasta mis vaqueros. Mi interior se volvió como aquel mar silencioso, como aquellas olas monótonas y suaves. Todo volvió a la tranquilidad. Las preguntas seguían sin respuesta, las dudas seguían sin solución.
Pero ya habían perdido toda importancia. Como él.
Un nuevo suspiro, y mi cuerpo se tumbó sobre la arena. Crujiente, agradable.
Y las pocas preocupaciones que seguían rondando mi mente se las llevó la brisa. La dulce brisa marina.
Y, por fin, una sonrisa.
No te necesito.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

e'cribe tu coment loqui